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domingo, 8 de abril de 2018

Realidad.

La realidad de sentirme en un escenario sentado en la silla de mi cuarto numerado de una residencia de Madrid.
La realidad que siento cuando me pongo los cascos y me aíslo del ruidoso silencio de la soledad de esta pequeña cueva, y enchufo la guitarra al amplificador, y en YouTube busco la canción para interpretar.

La realidad que genero al cerrar los ojos y deslizar mis dedos como un bolígrafo en el papel de un poeta que escribe versos llenos de música. Mirar a mi alrededor y sentir que formo parte de algo un poco mayor, tocando desde atrás  lo que hace que la canción sea especial.

La realidad de despertar con mi acústica en un pequeño escenario sin moverme de mi habitación, y tocar una melodía rota, pues el esfuerzo que requiere es algo mayor, y entonar unas palabras desentonadas pero con la pasión de quien desgarra su corazón a pleno pulmón, y siente lo que está cantando.

La pequeña lágrima que surca mi mejilla cuando toco y canto algo, y vivo cada letra de la música que estoy creando, que estoy imitando mientras veo en una pantalla un cantautor real, transmitiendo su letra. Y yo haciéndola mía, y yo sintiendo como si fuera la última canción que fuera a tocar nunca, el concierto de mi vida, en ocasiones mis dedos cubiertos de sangre ante la intensidad y tras tantas horas de ensayo, a veces mi frente llena de sudor, a veces mi guitarra pidiendo un descanso.

La realidad de vivir cada letra de las canciones que hago mías cuando mis dedos navegan por mi guitarra y mi voz rompe a expresar.

La realidad cuando el video llega al final, y la música deja de sonar.

La realidad de una habitación de ruidoso silencio, y amigable soledad, rota por completo ante el estruendo de un corazón que encontró en la guitarra y la voz un medio para dar luz a su habitación.

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