Entramos dentro, aun sin romper el silencio y se sienta frente al piano, abre la tapa del piano, y coloca las partituras aunque parece no necesitarlas. Yo me siento en un pupitre cercano y observo, y menos mal que observé y escuche porque sin yo saberlo estaba a punto de acudir al mejor concierto que tendría el placer de escuchar. Solo sería una pieza, ni una mas.
Sus manos se posan sobre las teclas, temblorosas, su corazón palpitaba, palpitaba tanto que casi podía oírse desde mi asiento. Cierra los ojos respira hondo y entona el primer acorde, y poco a poco fue enlazando nota tras nota acorde tras acorde. Sus ojos no se desplazaron del teclado en ningún momento, concentración máxima, nervios a flor de piel, pero todo lo que tocaba sonaba fluido, como un río y el pequeño fallo que pudo tener no se notaba mas que en una pequeña mueca en su cara.
Ella no baila, pero sus dedos bailaban sobre las teclas y su pie acariciaba el pedal. Su corazón transmitía un pulso a sus dedos que entonaban en el teclado lo que estaba escrito en el papel, sin embargo casi ni leyó el papel. Aquella pequeña sonata la hizo suya, aquella preciosa melodía que expresaba lo que había dentro de ella. No duró más de tres minutos, y sin saber yo el nombre de lo que tocó, ya había captado todo lo que me tenía que decir, La música habló por ella, sus dedos se sinceraron ante mi, y sus ojos aseguraban lo que yo ya sabía.
Tres minutos fue lo que duró el mejor concierto de mi vida, la mejor versión imperfecta de aquella pequeña obra.
Al terminar sus manos temblaban, ella temblaba, aplaudí y fui corriendo a abrazarla, yo me emocioné e intenté contener las lagrimas. El abrazó la tranquilizó un poco, aunque ella aun estaba en shock, poco a poco terminó calmándose.Y acto seguido, nos fuimos a clase.
Tres minutos duró el mejor concierto al que pude asistir, tres minutos fueron los necesarios, para ella expresar y yo comprender que empezaba a ser feliz.
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