En la espera al concierto podía ver a estos artistas de un lado a otro, nerviosos, tranquilos, riendo, hablando y afinando, ensayando por última vez antes del gran momento. En un momento cerré los ojos y escuché el ambiente, sentí los nervios a flor de piel, conseguí revivir aquello que había olvidado y emocionarme una vez mas pues la última vez hace ya mas de un lustro yo estaba en su misma situación, el lugar era distinto, pero el escenario era el mismo.
Tomo asiento, yo de acompañante de unos espectadores de honor y comienza el recital. Cada artista salía, con ayuda de la maestra terminaban de afinar, saludaban, se colocaban y hacer sonar el cello tras tantas horas de ensayos. Las miradas en sus ojos se movían con sus dedos, temerosos de fallar, el sonido no era perfecto, como con falta de resina, arco algo mas tenso de lo normal, miedo al frotar, parones de tal en cual y ese sonido estridente para un músico superior era una bella melodía para quienes estaban al otro lado del telón.
Miradas de orgullo en los ojos de aquellos padres que aplaudían cada intervención y animaban a esas personas que son artistas haciendo sentir aquello como si del teatro principal de Burgos o el propio Auditorio Nacional se tratase y en mi cara no salía mas que una sonrisa cada vez superior, no me aburría, es mas, me divertía tatareando la obra para mi, pues muchas de ellas yo las interpreté en su momento.
Y de cabeza de cartel allí salió ella, no fue una actuación perfecta, pero fue digno de ver, sus dedos parecía que querían volar sobre las cuerdas y empezaba a verse disfrutar, con el tiempo ella empezará a volar. Y sus padres a mi lado grabando cada momento, animando antes del show, sonriendo en su actuación y tras la misma orgullosos, la arroparon con su calor.
Mi infancia son recuerdos de recitales en el escenario, de conciertos improvisados, de aplausos, de padres encantados. Mi infancia son estos recuerdos, y hoy he podido volver a verlos.