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miércoles, 14 de diciembre de 2016

Mi infancia son recuerdos de recitales en el escenario

Hoy he tenido la suerte de poder volver a asistir a lo que hace años que yo no vivía. En una pequeña escuela de música no muy grande y bastante modesta en comparación a un gran conservatorio pude ver como futuros grandes músicos interpretaban  sus primeras y no tan primeras obras ante su público mas fiel, sus padres y familiares.

En la espera al concierto podía ver a estos artistas de un lado a otro, nerviosos, tranquilos, riendo, hablando y afinando, ensayando por última vez antes del gran momento. En un momento cerré los ojos y escuché el ambiente, sentí los nervios a flor de piel, conseguí revivir aquello que había olvidado y emocionarme una vez mas pues la última vez hace ya mas de un lustro yo estaba en su misma situación, el lugar era distinto, pero el escenario era el mismo.

Tomo asiento, yo de acompañante de unos espectadores de honor y comienza el recital. Cada artista salía, con ayuda de la maestra terminaban de afinar, saludaban, se colocaban y hacer sonar el cello tras tantas horas de ensayos. Las miradas en sus ojos se movían con sus dedos, temerosos de fallar, el sonido no era perfecto, como con falta de resina, arco algo mas tenso de lo normal, miedo al frotar, parones de tal en cual y ese sonido estridente para un músico superior era una bella melodía para quienes estaban al otro lado del telón.

Miradas de orgullo en los ojos de aquellos padres que aplaudían cada intervención y animaban a esas personas que son artistas haciendo sentir aquello como si del teatro principal de Burgos o el propio Auditorio Nacional se tratase y en mi cara no salía mas que una sonrisa cada vez superior, no me aburría, es mas, me divertía tatareando la obra para mi, pues muchas de ellas yo las interpreté en su momento.

Y de cabeza de cartel allí salió ella, no fue una actuación perfecta, pero fue digno de ver, sus dedos parecía que querían volar sobre las cuerdas y empezaba a verse disfrutar, con el tiempo ella empezará a volar. Y sus padres a mi lado grabando cada momento, animando antes del show, sonriendo en su actuación y tras la misma orgullosos, la arroparon con su calor.

Mi infancia son recuerdos de recitales en el escenario, de conciertos improvisados, de aplausos, de padres encantados. Mi infancia son estos recuerdos, y hoy he podido volver a verlos.

domingo, 11 de diciembre de 2016

Tres Minutos

La sala vacía, las sillas sin alumnos, la mesa sin profesor, la pizarra sin nada escrito, las paredes sin el sonido de las voces, y entre todo eso un piano.

Entramos dentro, aun sin romper el silencio y se sienta frente al piano, abre la tapa del piano, y coloca las partituras aunque parece no necesitarlas. Yo me siento en un pupitre cercano y observo, y menos mal que observé y escuche porque sin yo saberlo estaba a punto de acudir al mejor concierto que tendría el placer de escuchar. Solo sería una pieza, ni una mas.

Sus manos se posan sobre las teclas, temblorosas, su corazón palpitaba, palpitaba tanto que casi podía oírse desde mi asiento. Cierra los ojos respira hondo y entona el primer acorde, y poco a poco fue enlazando nota tras nota acorde tras acorde. Sus ojos no se desplazaron del teclado en ningún momento, concentración máxima, nervios a flor de piel, pero todo lo que tocaba sonaba fluido, como un río y el pequeño fallo que pudo tener no se notaba mas que en una pequeña mueca en su cara.

Ella no baila, pero sus dedos bailaban sobre las teclas y su pie acariciaba el pedal. Su corazón transmitía un pulso a sus dedos que entonaban en el teclado lo que estaba escrito en el papel, sin embargo casi ni leyó el papel. Aquella pequeña sonata la hizo suya, aquella preciosa melodía que expresaba lo que había dentro de ella. No duró más de tres minutos, y sin saber yo el nombre de lo que tocó, ya había captado todo lo que me tenía que decir, La música habló por ella, sus dedos se sinceraron ante mi, y sus ojos aseguraban lo que yo ya sabía.

Tres minutos fue lo que duró el mejor concierto de mi vida, la mejor versión imperfecta de aquella pequeña obra.

Al terminar sus manos temblaban, ella temblaba, aplaudí y fui corriendo a abrazarla, yo me emocioné e intenté contener las lagrimas. El abrazó la tranquilizó un poco, aunque ella aun estaba en shock, poco a poco terminó calmándose.Y acto seguido, nos fuimos a clase.

Tres minutos duró el mejor concierto al que pude asistir, tres minutos fueron los necesarios, para ella expresar y yo comprender que empezaba a ser feliz.