Otro amanecer mas, la luz del sol atraviesa mi ventana y golpea mis ojos cerrados, animándome a levantarme y comenzar el día.
Paciente me levanto, me dirijo a la ducha, me meto y dejo que el agua cálida bañe mi cuerpo, despejándome y relajándome tras otra noche mas de malos sueños y lágrimas.
Me visto y bajo las escaleras camino a la cocina. Se respira el silencio junto al frío de la mañana, se siente la soledad tras el sonido del reloj de cuco de la pared que marca la hora perfecta para cada momento.
Saco el cacao del bote y lo mezclo con la leche recién sacada de la nevera, cacao soluble que se mezcla de forma homogénea.
Con mi taza salí a la terraza, me senté en la mecedora, húmeda a partes por el rocio de la mañana, alcé la mirada y seguí la rutina de cada día.
Era un día soleado, pero al otro lado de la casa una sombra cubría cada día mi hogar, mi motivo para seguir, me levanto y me pongo a trabajar.
Pintar el muro que custodio desde mi hogar, dia tras dia, observándolo, cuidándolo, esperando a que se derribe, que desde el otro lado, aquella persona de dentro que lo ha levantado, que del exterior a pasado comience a tirarlo y por fin ser el primero en ver como empieza a ser realmente feliz.
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