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domingo, 23 de septiembre de 2018

Condenado a vivir

Condenado a la vida, encadenado en una oscura celda sin poder salir, mi mente y mi cuerpo libran cada día una lucha incesante, por llenar el vacío que quedó un corazón podrido de latir.

Mi cárcel es un foso, vigilado por la mujer que se lo llevó todo, que me dejó sin nada y me apartó de lo que quedaba, y en ocasiones aparece el hombre que intentó suplantar mi vida, que mintió a sus amigos, que comió la cabeza de la mujer, y que farda de haber sido el mayor partícipe de que ella me abandonara, y ojalá me lo estuviera inventando.

En mi cárcel libro una lucha diaria, una constante batalla en la que las armas no me hacen nada.
La electricidad de los enchufes no recorre mi cuerpo, los objetos cortantes no terminan de traspasar la piel de mi brazo, el mismo brazo que me impide penetras la hoja de un cuchillo en mi pecho. Las pastillas no entran en mi garganta, ya sea por no poder tragarlas o por una mano ajena que lo impide en el último momento. Las carreteras se vacían cuando me lanzo a ellas, y las alturas no llegan a bajar porque hay quien me impide subir. 

Aunque la mayor tragedia es la de las noches, cuando la mujer me aterroriza en mis sueños como cantaba una de sus sudaderas, convirtiendo cada uno de ellos en una pesadilla peor de las vividas en Elm Street, pues me acechan durante el día también, y me llevan a un destino peor que la propia muerte. La mujer y sus constantes frases, su séquito y sus palabras, y el hombre y sus risas, hacen que cada día sea un infierno, hacen que desee esa muerte y, seguramente, también hagan que mi cuerpo impida que mi corazón deje de latir, para hacerme sufrir lo que merezco.

Cuando intentó terminar con mi vida como aquella vez que prometí hacerlo, solo pasan minutos y horas de puro sufrimiento físico, el oxígeno casi no llega  mi cuerpo, mi cara se hincha y empieza a doler, pero mi cuerpo no quiere ceder ante algo que a cualquiera le hubiera matado.

Las drogas y el tratamiento que deberían devolverme a donde estaba ya no afectan a mi cuerpo, y no me entran. Ni los médicos ni los hospitales podrían salvarme

Las palabras de quien dice que me quiere ya no afectan, solo rebotan en el cascarón que es mi cuerpo y son extraídas por la voz de la mujer y su séquito. Los actos de esa gente que dice que me quiere pasan delante de mis ojos, en ocasiones inertes, sin que casi pueda esbozar una sonrisa sincera. El humor que intenta salir se apaga como una llama en el mar, la música que puedo extraer suena casi como un sonido en el agua, y la persona que yo era la siento caer en un vacío negro como en "Déjame Salir" cayendo y cayendo mientras la mujer sigue ahí.

Mi mente se ha rendido, y solo quiere pulsar el botón de apagado, se ha rendido ante la brutal paliza que la mujer que decía quererle le ha dado. Mi cuerpo y la gente que dice quererme aun no se han rendido, pero cada día que pasa solo veo como intentan mover un títere muerto, cuyo corazón late solo porque el cuerpo impide a la mente y a la mujer que acabe, en un sufrimiento diario, que se asemeja a los minutos y horas sin casi oxígeno que se sienten como una profunda caída al oscuro fondo del mar.